• Contaminación férrica. Cortar o amolar inox con discos y cepillos que antes tocaron acero al carbono deja partículas de hierro incrustadas que oxidan en semanas. El inox necesita herramienta y zona propias.
  • Exceso de aporte térmico. Colores de revenido azulados o dorados muy marcados y deformación de la chapa. Indican que se fue de amperaje o de velocidad, y en el peor caso hay sensibilización del material.
  • Raíz sin proteger. El interior del tubo queda negro y rugoso ("azucarado"). Por fuera parece perfecto; por dentro la resistencia a corrosión se ha perdido.
  • Aporte incorrecto. Soldar 316 con aporte 308 anula el molibdeno justo en la zona más débil de la pieza. Es un error invisible hasta que aparecen las picaduras.
  • Sin decapado ni pasivado. Un cordón "que se ve bien" pero que a los meses se rodea de manchas marrones. La capa pasiva no se ha restituido tras soldar.

Ninguno de estos fallos se ve el día de la entrega. Por eso insistimos tanto en la certificación y en el proceso completo, y por eso te explicamos también cómo cuidarlo después en la guía de mantenimiento del acero inoxidable.